El gafe está gafado – Cuento egipcio

En la ciudad de El Cairo, el rey y su visir tenían por costumbre vestirse de campesinos para mezclarse con el pueblo y observar a sus gentes. Una noche, se detuvieron delante de la tienda de un pobre zapatero. El rey observaba la miseria con la que el hombre y sus hijos vivían, azuzados por el frío y el hambre. Un panorama desolador.  El rey se conmovió y mandó a su visir escoger el mejor pavo de palacio, cocinarlo, meter 100 piezas de oro dentro de él y a la mañana siguiente enviárselo al pobre zapatero. El visir entregó al día siguiente el pavo al zapatero, quién alababa y bendecía al rey: “¡Ojalá tenga un sitio en el paraíso!”.

Al lado del zapatero tenía su negocio un colchonero cara dura. Este, al oler el pavo y tras esperar que el emisario del rey se marchara, le propuso: “Te doy 50 piastras a cambio del pavo,y así podrás comprar pan para tus hijos durante toda esta semana”. El zapatero, sin saber el contenido del pavo, aceptó el cambio y el colchonero, por su parte, disfrutó del manjar y de la riqueza que, con sorpresa, descubrió dentro del pavo.

Tres días más tarde, el rey llamó a su visir y ambos volvieron a pasearse por las calles de la ciudad vestidos de campesinos. El rey decidió buscar la tienda del zapatero para ver cómo había cambiado su vida tras el regalo que le había hecho pero…desastre, nada había cambiado. El rey, descontento, ordenó al visir escoger esta vez una oca, cocinarla e introducir 200 monedas de oro en su interior para el zapatero. El visir entregó el regalo del parte del rey al zapatero, quien se deshizo en alabanzas hacia el gobernante. En cuanto el emisario se marchó,  el colchonero apareció de nuevo, ofreciendo esta vez una guinea con la que el zapatero podría alimentar a su familia durante dos semanas.

Una semana más tarde, el rey, vestido de hombre de campo, pasó de nuevo por delante de la tienda del zapatero, con la esperanza de verle transformado en un hombre próspero. Pero, de nuevo, todo seguía como siempre: el zapatero y sus hijos seguían tan delgados, hambrientos y sucios como al principio. El rey no comprendía qué pasaba y se enfadó. Esta vez ordenó enviar un carnero con 300 piezas de oro como regalo para el zapatero. Sin embargo, el regalo corrió la misma suerte que los anteriores. En cuanto el colchonero se percató, propuso al campesino comprárselo por una importante suma de dinero: 50 monedas de oro.

El rey, tranquilo y esperando merecer el paraíso por su generosidad, supuso que con 600 piezas de oro el zapatero habría podido renovar su vida y no le faltaría de nada ni a él ni a su familia. Sin embargo, por casualidad volvió a pasar, una vez más, por la tienda del zapatero…pero…¡Increíble! ¡La misma miseria, tristeza y suciedad de siempre! El rey montó en cólera y ordenó a sus soldados apresar al zapatero y llevarlo a palacio.

Allí el rey le dijo “Te he visto varias semanas con tus hijos en la tienda. Estabas en una situación de miseria absoluta. He querido ayudaros y os he enviado la primera vez un pavo asado con 100 monedas de oro dentro, después una oca con 200 monedas y por último un carnero con 300. Esperaba que de este modo tú y tu familia mejorarais vuestra situación, pero no ha sido así ¿qué has hecho con todo ese dinero?”. El zapatero confesó el destino de los tres regalos y el rey, cansado de todo el asunto, mandó llamar a su chambelán para que acompañara al zapatero a la cámara del tesoro y allí este se quedara con todo lo que quisiera, esperando que se volviera rico de una vez y mostrarse heroico y generoso ante sus súbditos.

El chambelán guió al zapatero por las inmensas escaleras que llevaban a la cámara del tesoro. Una vez en ella, el zapatero llenó su saco a espuertas con oro, joyas y gemas. Por fin sería rico. El chambelán cerró la puerta y los dos hombres se dispusieron a bajar las escaleras. El funcionario del rey iba primero y el zapatero detrás, pensando en todas las cosas que podría comprar con tanto dinero y arrastrando tras de sí su voluminosa carga.

Pero, de pronto, el zapatero tropezó y cayó arrastrando consigo el saco y al chambelán, con lo que los dos hombres murieron y el saco se rompió, dejando el suelo lleno de riquezas sin dueño. El rey, desesperado, vio que con su generosidad no había ganado ni un lugar en el paraíso ni una buena imagen en el reino, y exclamó:

Le malchanceux est malchanceux/ El que tiene mala suerte, tiene mala suerte

Même s’il a une lanterne/ Aunque tenga una linterna

Accrochée au derrière/ Enganchada al trasero

Quoi qu’il fasse, un jour il pétera/ Haga lo que haga, un día se peerá

Et la flamme s’éteindra!/ ¡Y la llama se apagará!

FIN

¿SABÍAS QUÉ…?

  • Un chambelán,  sinónimo de camarlengo, es un funcionario a cargo de un hogar. En muchos países este cargo está asociado a la residencia de los soberanos y es de carácter honorífico.
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