La maldición del paraíso – Fábula occidental

paraíso fruta prohibida adán y eva

Hay una mano sobre la mesa, la otra cuelga del respaldo de la silla. Sentado junto a una chimenea sostiene entre sus dientes una pipa de ébano. Su respiración es pesada, su cuerpo grueso, la barba cae hasta tocar su pecho. Está pensando, reflexionando, su mente está trabada en algo que lo tiene preocupado. ¿Por qué la humanidad está condenada a sufrir oprimida por necesidades ajenas a su naturaleza? ¿Qué nos ha llevado a condenar nuestras vidas por el ansia de poseer?

Fuma de la pipa, una pausa que detiene su pensamiento mientras el humo sube rozando su cabellera. ¿Cuál es el origen del pecado? ¿Dónde se halla la raíz de todas nuestras miserables preocupaciones? ¿Dónde comenzó todo? Nuestra cultura, nuestros deseos, nuestra imagen.

Imagina una pareja de seres humanos, están completamente desnudos, son libres y viven en completa paz y armonía con la naturaleza. Con su mente dibuja un paraíso en el que no hay dolor, no hay sufrimiento. Enseguida aparece entre sus pensamientos el relato del Génesis, Adán y Eva, los primeros seres humanos de la cristiandad, lo tenían todo, la creación era para ellos, pero ¿Qué pasó?, ¿Por qué fueron expulsados? Comieron la fruta del árbol prohibido, ya habían sido advertidos por el creador, ese árbol era sagrado, no podía tocarse ni comer su fruto. Era la inquebrantable propiedad de Dios, su propiedad privada.

Ellos, guiados por la seducción y el apetito violaron la ley de Dios, y tras invadir su propiedad, la única dentro del jardín, fueron expulsados, desterrados para no volver jamás. Un destierro acompañado por la idea de posesión, algo que desconocían hasta ese momento.

Enciende una cerilla, el tabaco húmedo por la saliva se ha apagado, vuelve a prender la pipa y aspira. La propiedad privada, se dice a sí mismo, impuesta por el creador poco después de diseñar al hombre. He aquí el pecado original, la idea de que se puede cercar la tierra bajo el signo de la pertenencia. Dios ha muerto, pensó, pero su semilla está más viva que nunca.

FIN

Gracias a Javier Trigo por escribir y enviar esta historia.

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